jueves, 28 de septiembre de 2017

Terremoto, México 1985 - 2017

19 de septiembre... de 2017... hubo un terremoto en la CDMX. Desde entonces no he podido expresar lo impactada que estoy ante dicho suceso.

Me encuentro en la Facultad de Psicología, en Ciudad Universitaria, hace un año comencé el proyecto de un taller de coro que, lento, pero poco a poco va funcionando; desde la semana pasada noto a mis chamacos muy entusiasmados, sentimiento que me han contagiado. En pleno ensayo, recién monto una canción nueva “Climbin’ up the mountain”; un “jalón” extraño me hace detenerme en la lectura de la partitura y subir la mirada hacia ellos: “está temblando” comenta al instante alguien; aunque consciente, en ese momento aún no veo venir la magnitud de lo que se aproxima, sin embargo, me levantó de inmediato y, al mismo tiempo, siento todo el edificio moverse de arriba abajo; “vamos a salir del saló…” no termino la frase, mi caja de colores que está sobre el escritorio vuela y cae en el piso, regando todo por el lugar. Salto los obstáculos y les digo a los chavos “¡No vayan a las escaleras! Quédense junto a los pilares del edificio” pero, al salir detrás de ellos, puedo ver el caos mayor de lo que imaginaba, el grupo de junto viene corriendo hacia nosotros “¡No vayan a las escaleras, muchachos! ¡Por favor! Quédense junto a las columnas, ese es el sitio más seguro”. No sé cómo, pero se detienen, el temblor continúa, cada vez más fuerte, yo sigo sin creerlo.

En un segundo pienso en tantas cosas; mi familia, mis amigos, todos mis seres queridos, luego recuerdo el simulacro que habíamos hecho en la Facultad de Música unas horas antes, el que se hace cada 19 de septiembre para conmemorar el fallecimiento de las personas que perdimos en el temblor del ’85. “No, no puede ser. Esto no es posible” pasa ese pensamiento por mi cabeza “Es 19 de septiembre, esto no puede estar pasando”, una y otra vez “¿Qué clase de broma es esta?”. Entre tanto, miro a mis alumnos, recargados totalmente hacia las paredes de los salones, junto con el otro grupo “¡Péguense a la pared!” grita uno de ellos al momento que extiende sus brazos y retiene a todos los que puede, yo aún me sostengo de una de las columnas, tengo un recuerdo borroso de ver pasar a otros chicos corriendo, al bajar la mirada: otra de mis alumnas, agachada y cubriendo su cabeza, por un momento pienso que está bien lo que hace, pero me preocupa que alguien vaya a atropellarla o lastimarla entre tanto caos; el temblor continúa y en aumento. Veo a mis chamacuelos (así les digo a veces) y pienso, con todo el dolor de mi corazón, que el edificio está por derrumbarse. La pared, aquella donde ellos se encuentran, se mueve como si fuese de goma y por un momento la veo casi separarse del suelo, del suelo de aquel segundo piso. Los miro a todos de nuevo, lo sé, estoy completamente segura de que el lugar donde están es peligroso; la mente viaja a una velocidad impresionante, pues me veo a mí, a todos, bajo los escombros y pienso en la remota posibilidad de sobrevivir, sin ellos… no, no puedo vivir con ese remordimiento de conciencia el resto de mi vida. Tomo por los hombros a la chica, la que estaba agachada y la llevo hacia donde los demás, “si morimos, morimos juntos; si sobrevivimos, sobrevivimos todos” entonces extiendo mis brazos para retenerlos, al igual que el otro chico.

Al virar hacia el otro lado, no puedo creerlo, un grupo más está viviendo la misma pesadilla que nosotros, están dispuestos a correr también hacia las escaleras: “¡NO! ¡Quédense ahí! ¡No se muevan!”; me miran, asustados, pero al final hacen caso. “¿Y sus profesores?” cruza un pensamiento fugaz por mi mente. Hay muchos ruidos alrededor, el edificio cruje, cosas caen, incluidas las lámparas de los salones, pienso que el techo caerá sobre mí, que me golpeará, pero ya no me importa.
Segundos después, no lo creo, el movimiento comienza a detenerse, ¿será posible? ¿Estamos a salvo? Disminuye cada vez más. Primero no creía que estuviera temblando, ahora no puedo creer que se esté deteniendo. “Vamos… vámonos, hay que bajar; con cuidado”, “Si tienen sus cosas a la mano, tómenlas, si no, no se preocupen” les digo mientras tomo a algunos por los hombros y los dirijo, por fin, hacia las escaleras; me preocupa que haya réplicas. Regreso por un momento al salón, pensando en llevarme solo lo indispensable; no, no, realmente nada lo es, ¿mi dinero, mi tablet? No, nada. Ni siquiera el teclado que mi mamá me regaló cuando tenía diez…

¿Mi celular? Sí, debo comunicarme con los demás; lo tomo y me apresuro a darle alcance a los chicos. Llego a la planta baja, a la explanada de la facultad, todos están ahí; asustados, llorando. Son demasiados, no logro encontrar a mi grupo así que me dispongo a reunirlos. Entre tanto, protección civil llega con un altavoz y nos habla, dan la orden de no salir de la facultad “Es más seguro que permanezcan aquí, nos estamos comunicando para recibir más informes de lo ocurrido”, comentan. Comienzo a razonar la magnitud de las cosas, ¿qué habrá pasado en el resto de la ciudad? Mi familia pasa por mi mente, pero no me preocupo tanto, ellos no viven en la ciudad. Poco después reúno a los míos y nuevamente el altavoz “vamos a estar aquí un buen rato” como invitándonos a sentarnos y tranquilizarnos; “recuerden no hacer llamadas, a menos que sea muy necesario. No debemos saturar las redes, es mejor enviar mensajes de texto”, comentan por último al ver que todos sacan el celular de forma apresurada.

“¿Estás bien?” me acerco a cada uno de mis alumnos para hacer la misma pregunta, “sí…” responden apenas, “bueno, creo que no, iré allá” admite una de las chicas y se acerca a quienes están atendiendo a personas en crisis. Continúo mi recorrido y pregunto de nuevo “¿Estás bien?” niega con la cabeza mi querido Tomate (así se apellida): “No” luego rompe en llanto, “no encuentro a mis papás” mi corazón se estremece y lo abrazo para consolarlo: lo tranquilizo diciéndole que sea paciente, que las redes están saturadas y que probablemente sea por eso que no respondan, pongo toda mi fe en ello. Un rato después se organizan grupos pequeños para subir al edificio por las cosas, me llevo a algunos de mis chamacos para recuperar las mochilas y demás pertenencias que seguían en nuestro salón; al llegar ahí, cosas en el piso; las lámparas caídas, colgando del techo; escombro; pedazos del techo… aún no lo creo.

Mi hermana llama por teléfono “Claro, debe de estar preocupada”:

—Hola.
—Hola, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y tú cómo estás? ¿Dónde estás? Quiero regresar a la casa, pero es un caos y creo que estoy más cerca de donde tú estás.
—¡Qué! ¿Dónde estás?
—Insurgentes sur.
 —¿Qué haces aquí…?

Me responde que había ido a arreglar asuntos de trabajo, ya me había avisado por la mañana. Demonios, lo había olvidado.

Las horas pasan sin que nos demos cuenta. Decido que ya es hora de partir y me despido de otras de mis alumnas, quienes han decidido esperar un poco más para regresar a sus casas; puesto que la ciudad es un completo desastre. Regreso al auto junto con mi hermana y una alumna a quien acercaré a su casa. Al salir de la universidad, ¿el apocalipsis? En serio lo parece, los autos casi detenidos por completo, la gente caminando sobre esa misma avenida de forma apresurada, ansiosos por llegar a su casa, para asegurarse de que todos estén bien allá.

El camino es silencioso y entonces reacciono: La radio. La enciendo y escucho atentamente, temblor, calculan cifras preliminares, por lo mientras reportan decenas de edificios derrumbados; sesenta personas fallecidas, setenta, ochenta, noventa, cien, ciento cinco, ciento diez, ciento cincuenta, ¿doscientas? La cifra aumenta mientras el tiempo transcurre al igual que nuestro camino. No, no lo puedo creer, sigo sin creerlo, es imposible. Comienzo a recordar aquellas anécdotas del 85’ que mis padres, hermanos, tíos y demás personas mayores me habían contado una y otra, y otra, y otra vez; es como regresar a ese día en el que yo ni siquiera había nacido: siempre había tratado de ser empática, pero vivirlo no es igual, ahora puedo entenderlos completamente.

Cuatro horas después, al fin logro llegar a mi casa, en el estado de México, por un momento pienso en regresar a ayudar, pero comentan que la ayuda comienza a sobrar; “no, no podría ayudar en nada si voy”. Entonces me dispongo a buscar al resto de mis amigos en redes y contactar con los que sí están allá, pasar contactos, mandar ayuda, así se me va toda la noche, no puedo dormir en lo absoluto. El día siguiente es igual, las clases han sido suspendidas, ofrezco mi carro como transporte de víveres pero la organización aún es algo caótica, así que continúo con mi labor de mandar y pasar contactos. Los siguientes dos días me dedico a organizar víveres con mi antiguo grupo scout, he hecho lo posible, pero siento que mi ayuda no es suficiente, quizá me sienta así el resto de mi vida…

Sábado, después de llegar del trabajo, al fin logro dormir un poco; seguro fue por el cansancio. Mis amigos se empiezan a preocupar; los pocos que saben lo que viví, claro. Mi mente ha estado completamente perdida en la nada, apenas y hablo.

Recuerdo un día que platicaba con uno de mis alumnos, un niño: “Maestra, ¿usted sintió el temblor? ¿Cuáles son los sitios seguros de aquí? ¿Se puede hacer un triángulo de la vida?" hace una pregunta tras otra, casi sin dejar que le responda:

Si rompo el parche del bombo y me meto ahí, yo creo que me podría salvar.
—¿Te daría tiempo de hacer eso?
—Nooooo. Tendrían que ser bombos especiales para sismos.  Una sonrisa de lado se dibuja en mi rostro.

Durante otra clase:

—Ok, está bien, pero revisa la lección a partir del segundo compás.
—¡Noooo, maestra! ¿Por qué me odia? —Río un poco.
—No te odio, Ulani. A ninguno, de hecho… —Se me hace un nudo en la garganta— …moriría por ustedes. Literal. —Tan solo se ríen.

Mi mente mira aquellas escenas, una y otra vez y mi conciencia me remuerde y, viendo algunos comentarios en Facebook, es cuando caigo en cuenta; me siento mal por seguir viva, sabiendo que otros no corrieron con la misma suerte. Lo sé, sé que es estúpido pensar así, al contrario; me debería sentir agradecida por ello, pero no es tan fácil como suena. Por otra parte, no logro desahogarme, me guardé muchas cosas y no quiero contárselas a nadie, siempre he sido así; “Más hermética que una Ziploc” comenta una de mis amigas.

Dentro de lo malo, existe lo bueno. El desastre ha sacado lo mejor de los mexicanos como sociedad, todos aportan, en momentos los víveres empiezan a sobrar y se tienen que reacomodar en otros lugares; los voluntarios exceden en varios sitios, comienzan a organizarlos por grupos y turnos. Del gobierno y los grandes medios de comunicación mejor ni se habla; Frida Sofía ha causado un gran enojo en los cuidadanos, mientras que Frida Marina-chan es la sensación del momento. Desde el miércoles he comprado un plumón para cristal, escribo en el parabrisas de mi auto "¡#Fuerza México!" tantas veces sean necesarias, pues la lluvia se ha encargado de borrarlo una y otra vez. Mientras manejo sobre periférico, algunos pasan junto a mí y tocan el cláxon para llamar mi atención, entonces volteo y me muestran su pulgar en alto, correspondo al saludo y agradezco que me alegren el día.

Domingo por la mañana, nos citan a un ensayo para un concierto coral que se está (estaba) preparando. Al llegar allá, una compañera se me acerca “Melina, me da mucho gusto verte. Qué bueno que estés bien”, apenas agradezco y correspondo al abrazo: los demás no dicen nada pero, claro, también me abrazan de forma efusiva; uno de mis profes me reclama por estar tan seria, le gusta echarme “carrilla” cada que me ve. Durante el ensayo, se canta el himno universitario y al final gritamos un “Goya”, mi amiga que está sentada a un lado se suelta a llorar; me acerco para abrazarla, entiendo que todos estamos un tanto “sentimentales”, no es para menos.

El lunes llega, la semana ha pasado pronto, pero lenta; qué extraño. Llego a Ciudad Universitaria, me había quedado de ver con una amiga, pero el tiempo me sobra, así que me dispongo a arreglar algunos pendientes en la Facultad de Psicología, nuevamente mi corazón se me estremece al entrar, recuerdo todo de nuevo. Antes de irme, no puedo evitarlo, subo al segundo piso para ver aquel salón donde nos encontrábamos el martes pasado, por redes me habían enviado un video donde mostraban que la pared había quedado dañada y, en efecto, al llegar ahí el pasillo está cerrado con lonas, me asomo por las escaleras y veo… la pared no está, fue completamente removida; la están reconstruyendo. Es el único salón del edificio que está en reparación, nuevamente se me hace un nudo en la garganta, pero prefiero irme rápido de ahí.

Saliendo recibo una llamada de mi amiga con quien me encuentro en la parada del pumabús cercana. Al fin nos vemos y la pregunta de toda la semana: “¿Cómo estás?”. Ella me cuenta su experiencia en la facultad de Filosofía y Letras, aterradora también, yo le cuento la mía. Y al fin confieso: “Me siento muy mal” se me salen unas lágrimas, no tantas como hubiera querido, pero algo es algo; ella me da unas palmaditas, haciéndome saber que está conmigo. Nos vamos a comer unas crepas a Copilco para consolarnos tantito, no había comido casi nada en toda la semana, tal vez sentía que ni eso me merecía. Después nos despedimos y cada quien agarra camino hacia su casa. Al siguiente día me quedo de ver con algunos compañeros de la escuela, pues quieren organizar brigadas de ayuda, además proponen hablar de lo sucedido y de cómo nos sentimos al respecto. Dudosa, pero al final me animo a contar, nuevamente, lo ocurrido; otra vez, no fue fácil hacerlo.

Los ánimos permanecen bajos en la ciudad; y la gente dispersa. Muchos universitarios se han ido de voluntarios a las brigadas, centros de acopio y albergues, otros incluso han viajado a los estados vecinos para llevar ayuda. Algunas facultades han decidido hacer paro de actividades para seguir con la organización de brigadas. Por mi parte, en Psicología, aún no sé si me llamarán para impartir mi taller, no quiero frenar las actividades de mis alumnos, si es que también requieren de más tiempo para regresar a la normalidad, pero no estoy segura de qué es lo que debo de hacer "¿Cómo debo de actuar?"; así que decido enviarles mensaje para saber su opinión: “Ya no quiero que mi único recuerdo del coro sea que, en mi primer día con ustedes, nos agarró el sismo. Tengo muchas ganas de tener más y mejores momentos, tengo ganas de cantar” comentan eso y otras cosas; comienzo a entender que requieren de ese espacio más de lo que pensaba. Un día antes comentaba una amiga que muchos de los músicos, después de esto, se habían replanteado la utilidad de su profesión; luego de leer a mis alumnos, recuerdo que yo siempre había sabido cuál es esa utilidad, pero me encontraba tan abrumada en los últimos días que lo había olvidado.

Miércoles, al fin puedo ver a mis chicuelos de nuevo, les pregunto cómo están y en algún momento del ensayo les comento que después debemos de hablar sobre lo ocurrido. Por lo mientras, a lo que vamos, cantar. Lo hacen bastante bien, qué extraño, me da la impresión de que hubiesen mejorado mucho en esta semana, aunque no nos hayamos visto; raro, definitivamente. “Climbin’ up the mountain” les digo el título de la pieza que trabajaremos, así comienza el ensayo, justo donde nos habíamos quedado y, al fin, terminamos de montar la canción. Se notan felices, lo disfrutan, creo que llevaban esperando ansiosamente ese momento durante la semana. Concluímos el ensayo y acordamos vernos al día siguiente, todos sonríen, parecen haber creado un vínculo fuerte.

Esto, muchas cosas comienzan a reanimarme, ya no estoy tan ida como en los días anteriores, tan perdida en la nada; tengo fe en que el tiempo hará que todo regrese a la normalidad dentro de mí. Tan solo un poco, pero empiezo a agradecer el hecho de seguir aquí, quizá sea que me falta aprender un par de cosas más antes de partir de este mundo; insisto en que el tiempo dirá, no hay más. Por lo mientras solo queda levantarse y seguir adelante, confío en que, como en otras ocasiones, me pueda recuperar de nuevo, después de este enorme tropezón y deseo lo mismo para el resto.